17.3.06

Contemplamos lo majestuoso casi esforzadamente, con ahínco y disciplina. Exprimiendo todos los colores y todos los olores. La esperanza de que se nos quedara atascada al menos una astillita de tanta belleza en las pupilas había crecido desde que eramos tres. Con seis ojos cabían más posibilidades de que el azar nos premiara con una esquirla preciosa que nos obnubilara por unos cuantos días... Creo que la afortunada fui yo, porque aún hoy sigo despertando a orillas de ese arroyo.
18.2.05
Visión nocturna
Amordazadas las pupilas por dentro y por fuera se ve menos, pero mejor...
Un nudo en la nuca es suficiente para accionar los cientos de ojos dactilares.Un trozo de lienzo oscuro basta cuando lo que se busca es un espacio áspero para imprimir las infinitas imágenes que pueden llegan a ser.
La visión infraroja es infalible cuando de rescatar lo que se desea entre lo inmensamentre nocturno se trata. Solo fosforece lo que tiembla, lo que late, lo que desprende calor.
Un nudo en la nuca es suficiente para accionar los cientos de ojos dactilares.Un trozo de lienzo oscuro basta cuando lo que se busca es un espacio áspero para imprimir las infinitas imágenes que pueden llegan a ser.
La visión infraroja es infalible cuando de rescatar lo que se desea entre lo inmensamentre nocturno se trata. Solo fosforece lo que tiembla, lo que late, lo que desprende calor.
12.1.05
Lo que nunca, siempre puede llegar a ser alguna vez. Lo que siempre, a menudo sufre una excepción. El caso cerrado encuentra siempre un resquicio por el cual salir a la luz, la decisión final a veces adelanta un puesto y ya no es tan definitiva. Siempre está la tangente para escaparse, el camino alternativo, el espacio entre lo inflexible, lo impuesto, lo inamovible, lo rígido, y la vida: Lo que fluye.
16.12.04
Abrazo Acuático
A menudo me pregunto (reiteradamente y sin obtener, o mejor dicho, no esperar respuesta para que la duda me siga librando de una afirmación irremediable): ¿Sentir más de lo que nos es posible, de lo que somos "supuestamente" capaces, sentir más que el resto, tendrá sus consecuencias? Y cuando hablo de consecuencias me refiero a consecuencias negativas, porque no puedo evitar pensar que este don o privilegio implica al mismo tiempo un precio que más tarde o más temprano habré de pagar, como si esta piel barnizada de hipersensibilidad fuera un obsequio comprado en cuotas.
Me pregunto si de ser así los intereses serán altos, porque a decir verdad aunque no tengo la certeza me inclino a pensar que es casi inevitable que este don traiga aparejado una condena, un castigo.
Sé que mi hipotesis no tiene sustento, pues un don debería concebirse como un regalo divino y no como una carga. ¿Sera que mi pesimismo aflora y me lleva a pensar que tanta intensidad no puede hallarse libre de costo?¿Será que me resulta extraño (casi podría decirse "sospechoso") que el hecho de sentirlo todo en exceso, a través de destellos que encandilan y me alucinan durante días, me sea gratuito? Si, definitivamente es eso! A veces temo que este atragantarme de vida me termine ahogando, exprimiéndome las ganas, aspirándome la respiración. Pienso que en algun momento tendré que pagar por todas las imagenes majestuosas, por todas las sensaciones sublimes y eso me preocupa, porque una vez más rompí las fronteras escapándome de mi condición humana, absorviendo más de lo posible, haciendo mio más de lo que me pertenece.
Una vez más sentí mas de lo que cualquier mortal esta capacitado a sentir, y lamentablemente no es idea mía, juro que no lo es. Ojala lo fuera, nadie podría condenarme por sentir mas de lo que se nos deja.
Hablo de que nunca me había fundido en un abrazo acuático, de que nunca me había dejado reposar en las entrañas azuladas sintiéndome parte de ese todo submarino, silencioso e inmóvil. Nunca... Hasta hoy, cuando soñe agua, y la soñe despierta, abrazándome con su cuerpo amorfo, disuelto, disperso. La soñe buscando hundirse, fundirse, recortarse en mi, intentando hallar un límite, una silueta, que quitándole espacio, le regalara forma. Buscaba frontera, contención, barrera, margen impenetrable, pero esta vez no lo encontro. Igual que ella me dibuje incontenible, inabarcable, me desarme de a poco, y entre tanto "adentro" detenido, burbujeante y sin latidos me permití ser permeable. Uno por uno fui abriendo mis poros con exhalaciones breves y muuuuuuucha concentración, hasta que todos mis diques microscopicos cedieron y toda yo, fui azul.
Agua dentro del agua, meciéndose cadenciosamente fresca con una melodia ahogada, enmudecida, con olor a fondo, a profundo, a origen.
Me pregunto si de ser así los intereses serán altos, porque a decir verdad aunque no tengo la certeza me inclino a pensar que es casi inevitable que este don traiga aparejado una condena, un castigo.
Sé que mi hipotesis no tiene sustento, pues un don debería concebirse como un regalo divino y no como una carga. ¿Sera que mi pesimismo aflora y me lleva a pensar que tanta intensidad no puede hallarse libre de costo?¿Será que me resulta extraño (casi podría decirse "sospechoso") que el hecho de sentirlo todo en exceso, a través de destellos que encandilan y me alucinan durante días, me sea gratuito? Si, definitivamente es eso! A veces temo que este atragantarme de vida me termine ahogando, exprimiéndome las ganas, aspirándome la respiración. Pienso que en algun momento tendré que pagar por todas las imagenes majestuosas, por todas las sensaciones sublimes y eso me preocupa, porque una vez más rompí las fronteras escapándome de mi condición humana, absorviendo más de lo posible, haciendo mio más de lo que me pertenece.
Una vez más sentí mas de lo que cualquier mortal esta capacitado a sentir, y lamentablemente no es idea mía, juro que no lo es. Ojala lo fuera, nadie podría condenarme por sentir mas de lo que se nos deja.
Hablo de que nunca me había fundido en un abrazo acuático, de que nunca me había dejado reposar en las entrañas azuladas sintiéndome parte de ese todo submarino, silencioso e inmóvil. Nunca... Hasta hoy, cuando soñe agua, y la soñe despierta, abrazándome con su cuerpo amorfo, disuelto, disperso. La soñe buscando hundirse, fundirse, recortarse en mi, intentando hallar un límite, una silueta, que quitándole espacio, le regalara forma. Buscaba frontera, contención, barrera, margen impenetrable, pero esta vez no lo encontro. Igual que ella me dibuje incontenible, inabarcable, me desarme de a poco, y entre tanto "adentro" detenido, burbujeante y sin latidos me permití ser permeable. Uno por uno fui abriendo mis poros con exhalaciones breves y muuuuuuucha concentración, hasta que todos mis diques microscopicos cedieron y toda yo, fui azul.
Agua dentro del agua, meciéndose cadenciosamente fresca con una melodia ahogada, enmudecida, con olor a fondo, a profundo, a origen.
19.9.04
La siesta que no fue.
Hoy viniste a buscarme....Tocaste el timbre, insististe haciendo palmas, y gritaste en susurros somnolientos que te saliera a abrir.
Voy a confesarles que yo no quería atenderlo, no tenía ganas, así que me di media vuelta, y trate de pensar en otra cosa. Cerré fuerte los ojos y trate de fingir que no escuchaba nada deseando que finalmente se fuera por la misma vereda de baldosones oscuros por la que había venido.
No es que no me alegrara que se acordara de mi, que quisiera compartir el ratito mas mío conmigo, pero hoy deseaba más que nada soñar negro, soñar carbón, soñar humeante, soñar en “mute”. Amarrarme fuerte a las sábanas y como una sanguijuelita sedienta de zumbidos sordos sorber de ellas únicamente las sombras opacas del sueño.
Debo aclarar que me gusta soñar con vida, con ruido, con palmas agitadas, solo que cuando estoy muy cansada hasta los mismo sueños me agotan.
El vagabundeo en puntillas y sin ruidito a suelas a veces me cansa más que las caminatas de éste lado del mundo, y las madrugadas de zetas se me diluyen en charlas eternas porque dentro de mis sueños olvido ir a dormir.
Pero en fin, el caso es que... No hubo caso. No sé si le abrió alguien que sueña parecido a mí, ó que en ese momento también recordaba su nombre, pero ahí estaba él, vestido de blanco y negro, con detalles de grises, y con una voz esforzada que sonaba a hueco.
Apenas lo vi reconocí un recuerdo, porque traía consigo la escenografía para ir delineando un sueño que hace rato ya fue.
Enredada entre los brazos arrastraba la cortina de tul, y venía empujando a las patadas un colchón desvencijado que finalmente dejo reposando en un rincón de mis tres ambientes de vacío y oscuridad. Con la otra mano pellizcaba el sonido de una quena mientras sostenía entre el índice y el pulgar un marco sin vidrio por el que penetraba una claridad de amanecer.
Me alegre de verlo, pero la alegría no evaporaba mi cansancio, así que mientras le daba un abrazo le pedí que se fuera, que dejáramos la visita para otro día en el que estuviera más descansada, con ganas de charlar. Incluso le prometí llevarlo a pasear alguna que otra tarde si hoy me dejaba soñar silencios.
Pero no, no pude convencerlo. Continuó trayendo almohadones de diferentes tamaños, esterillas de junco, sábanas azules hasta que todo el escenario de mi sueño quedó invadido por el aroma primaveral de esa casa de San Telmo.
Cuando ya no pude vislumbrar a nuestro alrededor más que un metro de parqué libre de tanto lienzo mullido y acogedor acepté mi derrota, resigne mi deseo de un telón oscuro, opaco y denso que lo ocupara todo, para invitarlo a soñar una siesta fresca y clara donde no hacíamos mas que despertar salpicados por los aguijones color de luz que entraban por la persiana.
Voy a confesarles que yo no quería atenderlo, no tenía ganas, así que me di media vuelta, y trate de pensar en otra cosa. Cerré fuerte los ojos y trate de fingir que no escuchaba nada deseando que finalmente se fuera por la misma vereda de baldosones oscuros por la que había venido.
No es que no me alegrara que se acordara de mi, que quisiera compartir el ratito mas mío conmigo, pero hoy deseaba más que nada soñar negro, soñar carbón, soñar humeante, soñar en “mute”. Amarrarme fuerte a las sábanas y como una sanguijuelita sedienta de zumbidos sordos sorber de ellas únicamente las sombras opacas del sueño.
Debo aclarar que me gusta soñar con vida, con ruido, con palmas agitadas, solo que cuando estoy muy cansada hasta los mismo sueños me agotan.
El vagabundeo en puntillas y sin ruidito a suelas a veces me cansa más que las caminatas de éste lado del mundo, y las madrugadas de zetas se me diluyen en charlas eternas porque dentro de mis sueños olvido ir a dormir.
Pero en fin, el caso es que... No hubo caso. No sé si le abrió alguien que sueña parecido a mí, ó que en ese momento también recordaba su nombre, pero ahí estaba él, vestido de blanco y negro, con detalles de grises, y con una voz esforzada que sonaba a hueco.
Apenas lo vi reconocí un recuerdo, porque traía consigo la escenografía para ir delineando un sueño que hace rato ya fue.
Enredada entre los brazos arrastraba la cortina de tul, y venía empujando a las patadas un colchón desvencijado que finalmente dejo reposando en un rincón de mis tres ambientes de vacío y oscuridad. Con la otra mano pellizcaba el sonido de una quena mientras sostenía entre el índice y el pulgar un marco sin vidrio por el que penetraba una claridad de amanecer.
Me alegre de verlo, pero la alegría no evaporaba mi cansancio, así que mientras le daba un abrazo le pedí que se fuera, que dejáramos la visita para otro día en el que estuviera más descansada, con ganas de charlar. Incluso le prometí llevarlo a pasear alguna que otra tarde si hoy me dejaba soñar silencios.
Pero no, no pude convencerlo. Continuó trayendo almohadones de diferentes tamaños, esterillas de junco, sábanas azules hasta que todo el escenario de mi sueño quedó invadido por el aroma primaveral de esa casa de San Telmo.
Cuando ya no pude vislumbrar a nuestro alrededor más que un metro de parqué libre de tanto lienzo mullido y acogedor acepté mi derrota, resigne mi deseo de un telón oscuro, opaco y denso que lo ocupara todo, para invitarlo a soñar una siesta fresca y clara donde no hacíamos mas que despertar salpicados por los aguijones color de luz que entraban por la persiana.
17.9.04
En silencio
Sobre vos ni una palabra, nunca; porque es guardándote en secreto que te vuelvo cada vez más mío.
A nadie le regalo tu nombre, ni tu gestos, y así logro que existas solo para mí en un lugar donde los demás nunca son.
Permaneciendo inmóvil avanzaste despacio, pero con paso firme; renunciando a cualquier espacio conquistaste disimuladamente los mejores retazos de mis días. En silencio y sin saberlo vas dejando a mis pies imágenes que no soy capaz de bloquear, y no es que quiera desprenderme de bellezas que me pertenecen por animarme, no es que quiera tirar por la borda las levitaciones que supimos crear a base de besos hambrientos de intensidad. Es solo que a veces me cuesta pensar, concentrarme, cerrar los ojos y no verte. Y no es amor de lo que te hablo; es fuerza, estallido, voracidad. Hablo de vos y de mi. Hablo de las ganas, del rasgarnos, del descubrirnos, del hurgar debajo de la calma (siempre aparente).
Hablo de las palabras sopladas, de las que se escapan, de las que le huyen a tanta distancia pactada (sin pacto de por medio).
Hablo de esta sintonía de electrocardiograma, de este subi-baja, de esta enfermedad que me hace tanto bien.
Me pregunto si te preguntaras lo mismo y a la vez no quiero responderme porque hacerlo implica inventarte una respuesta, ponerme de tu lado, recubrirme de vos, y eso sería arriesgarme demasiado, más de lo que ya me arriesgué si darme cuenta.
¿Te preguntaras como yo que se siente? “Qué”, no. Eso lo sé. ¿Te preguntaras “Cómo”? ¿Cómo se siente lo que se siente? ¿Cómo de la nada uno crea esto? Yo me lo pregunté el otro día mientras sobrevolaba al ritmo de tu respiración con dos o tres palabras tuyas anudadas en el vientre.
A nadie le regalo tu nombre, ni tu gestos, y así logro que existas solo para mí en un lugar donde los demás nunca son.
Permaneciendo inmóvil avanzaste despacio, pero con paso firme; renunciando a cualquier espacio conquistaste disimuladamente los mejores retazos de mis días. En silencio y sin saberlo vas dejando a mis pies imágenes que no soy capaz de bloquear, y no es que quiera desprenderme de bellezas que me pertenecen por animarme, no es que quiera tirar por la borda las levitaciones que supimos crear a base de besos hambrientos de intensidad. Es solo que a veces me cuesta pensar, concentrarme, cerrar los ojos y no verte. Y no es amor de lo que te hablo; es fuerza, estallido, voracidad. Hablo de vos y de mi. Hablo de las ganas, del rasgarnos, del descubrirnos, del hurgar debajo de la calma (siempre aparente).
Hablo de las palabras sopladas, de las que se escapan, de las que le huyen a tanta distancia pactada (sin pacto de por medio).
Hablo de esta sintonía de electrocardiograma, de este subi-baja, de esta enfermedad que me hace tanto bien.
Me pregunto si te preguntaras lo mismo y a la vez no quiero responderme porque hacerlo implica inventarte una respuesta, ponerme de tu lado, recubrirme de vos, y eso sería arriesgarme demasiado, más de lo que ya me arriesgué si darme cuenta.
¿Te preguntaras como yo que se siente? “Qué”, no. Eso lo sé. ¿Te preguntaras “Cómo”? ¿Cómo se siente lo que se siente? ¿Cómo de la nada uno crea esto? Yo me lo pregunté el otro día mientras sobrevolaba al ritmo de tu respiración con dos o tres palabras tuyas anudadas en el vientre.
31.8.04
Azulejos Rosas
Si te digo te miento... Yo no se ni cómo, ni cuando, ni dónde empezó esta historia. Solo se que un día me levanté y así estaba: Sola. Sola del todo. Se acabaron los paseos, las tardes, los soles... Era solo yo y mi pequeña celda de azulejos rosas.
A partir de ese día me limité a contar los zócalos que rodeaban mi hábitat, a inspeccionar los rastros de grasa en las paredes, y a adivinar el origen de las migajas que permanecían dispersas en el suelo como pequeños souvenires de aquellos gratos momentos en los que recibía visitas a menudo.
A veces hasta me animaba a depositar alguna miguita en mi boca, a saborearla, a respirarla, intentando mediante su degustación que algún recuerdo lejano de una merienda, un almuerzo, o una cena compartida se me viniera a la mente.
Trataba así de juntar pistas sobre un pasado que amaba, de reconstruir los rostros lejanos de las visitas, de rememorar sus gestos, sus risas, sus caras de preocupación. Cualquier pequeño detalle dejaba de ser nimio a mis ojos, para adquirir una trascendencia ilógica y la mayoría de las veces perturbadora.
La ubicación de la vajilla, las guardas de las tazas, el bordado mas ínfimo de los manteles, se guardaban como tesoros una vez sacados del olvido, porque no sucedía a menudo lo de poder recordar. A veces, incluso, me parecía que había nacido así, sola.
Me aseguraba durante días (incluso durante meses) que jamás había gozado de compañía alguna, excepto por la de aquellas repugnantes cucarachas que salían por detrás de los azulejos rotos. Azulejos rosas, rotos.
Durante esos días, cargaba con la certeza de no haber visto en mi vida una apertura por la cual un ser humano pudiera entrar o salir, lo cual se convertía en una prueba más de mi soledad crónica. Sin embargo, un día cualquiera veía una grieta, una hendija, o una ranura cubierta por telarañas y era suficiente para volver a afirmar que había tenido una vida mas allá de mí, y que alguna vez mi pequeño mundo había sido habitado por otros seres.
Esos segundos que duraba mi proceso de descubrimiento eran los más felices dentro de mi monótona vida porque con suerte se me abalanzaba alguna que otra imagen nueva y resplandeciente que nada tenía que ver con el gris que me rodeaba. Y si hablo de una felicidad efímera es porque después de ser contemplada como una maqueta, desde todos los ángulos, esa imagen agotaba a menudo su instante de gloria; porque no todas se convertían en tesoros invaluables, algunas morían, pero no tragadas por un olvido voraz, morían cuando en mi confusión no eran reconocidas como recuerdos sino como pura invención de mi mente solitaria.
¿Y si esa gente no existía más que en mi cabeza? ¿ Si todos eran personajes de mi sueños? ¿Si yo los inventaba, les daba gestos, y opiniones? ¿Si yo movía con mi deseo los hilitos que les daban vida, que les levantaban las cejas, y los hacían caminar? De solo pensarlo me mareaba, y deambulaba aferrada a los azulejos por miedo a la caída.
Fue en una de esas tantas veces de vagabundear bajo la sombra rosada que me cercaba en mis cuatro metros que los encontré. Eran tres, y sonreían. Parecían darme la bienvenida después de esperarme durante años atrás de un zócalo.
La imagen de ellos era clara, pero plana, en una sola dimensión. Hubiera jurado que alguna vez ocuparon más espacio del que ahora ocupaban, que alguna vez habían cambiado de pose, que eran movedizos, o que al menos podían existir separados el uno del otro, pero no. Al menos hasta ahora no lo hicieron...
Incluso hubiera asegurado que podían emitir sonidos porque a veces imagino sus voces en mi mente, como si las recordara, como si vinieran del pasado. Voces que coinciden con la sonrisa y los ojos de cada uno, y que me aseguro podría distinguir perfectamente entre otras miles de voces. Después me golpeo la cabeza y me digo que todo es una locura, porque lo mas seguro es que nunca haya escuchado más que mi propia voz. Sea como sea, en su silencio me acompañan mas que todas mis voces internas.
Estáticos permanecen desde el día que los reencontré, inmutables ante tanta felicidad, pero eso si, siempre sonriendo, con una sonrisa fija, detenida, congelada. Es evidente que también se alegran de volverme a ver pero de una forma extraña, latente, fría.
No tuve mas opción que aceptarlo con el paso del tiempo: Son de otra especie. Me costó entenderlo, porque siempre los imagine similares a mí, pero después de algunas décadas lo logré. Eso sí, con el tiempo descubrí que sin arrugarse envejecen como yo, pero de otra manera. Se tornan amarillos, grises, y paulatinamente pierden el color del cual eran dueños cuando los recuperé a punto de caer en el olvido, en mi olvido. Porque sí, desde el principio supe que ya los había visto antes, pero de otra forma. Tal vez eso se deba a que siempre los soñé siendo de los míos, de carne y hueso, y no con cuerpos de papel.
A partir de ese día me limité a contar los zócalos que rodeaban mi hábitat, a inspeccionar los rastros de grasa en las paredes, y a adivinar el origen de las migajas que permanecían dispersas en el suelo como pequeños souvenires de aquellos gratos momentos en los que recibía visitas a menudo.
A veces hasta me animaba a depositar alguna miguita en mi boca, a saborearla, a respirarla, intentando mediante su degustación que algún recuerdo lejano de una merienda, un almuerzo, o una cena compartida se me viniera a la mente.
Trataba así de juntar pistas sobre un pasado que amaba, de reconstruir los rostros lejanos de las visitas, de rememorar sus gestos, sus risas, sus caras de preocupación. Cualquier pequeño detalle dejaba de ser nimio a mis ojos, para adquirir una trascendencia ilógica y la mayoría de las veces perturbadora.
La ubicación de la vajilla, las guardas de las tazas, el bordado mas ínfimo de los manteles, se guardaban como tesoros una vez sacados del olvido, porque no sucedía a menudo lo de poder recordar. A veces, incluso, me parecía que había nacido así, sola.
Me aseguraba durante días (incluso durante meses) que jamás había gozado de compañía alguna, excepto por la de aquellas repugnantes cucarachas que salían por detrás de los azulejos rotos. Azulejos rosas, rotos.
Durante esos días, cargaba con la certeza de no haber visto en mi vida una apertura por la cual un ser humano pudiera entrar o salir, lo cual se convertía en una prueba más de mi soledad crónica. Sin embargo, un día cualquiera veía una grieta, una hendija, o una ranura cubierta por telarañas y era suficiente para volver a afirmar que había tenido una vida mas allá de mí, y que alguna vez mi pequeño mundo había sido habitado por otros seres.
Esos segundos que duraba mi proceso de descubrimiento eran los más felices dentro de mi monótona vida porque con suerte se me abalanzaba alguna que otra imagen nueva y resplandeciente que nada tenía que ver con el gris que me rodeaba. Y si hablo de una felicidad efímera es porque después de ser contemplada como una maqueta, desde todos los ángulos, esa imagen agotaba a menudo su instante de gloria; porque no todas se convertían en tesoros invaluables, algunas morían, pero no tragadas por un olvido voraz, morían cuando en mi confusión no eran reconocidas como recuerdos sino como pura invención de mi mente solitaria.
¿Y si esa gente no existía más que en mi cabeza? ¿ Si todos eran personajes de mi sueños? ¿Si yo los inventaba, les daba gestos, y opiniones? ¿Si yo movía con mi deseo los hilitos que les daban vida, que les levantaban las cejas, y los hacían caminar? De solo pensarlo me mareaba, y deambulaba aferrada a los azulejos por miedo a la caída.
Fue en una de esas tantas veces de vagabundear bajo la sombra rosada que me cercaba en mis cuatro metros que los encontré. Eran tres, y sonreían. Parecían darme la bienvenida después de esperarme durante años atrás de un zócalo.
La imagen de ellos era clara, pero plana, en una sola dimensión. Hubiera jurado que alguna vez ocuparon más espacio del que ahora ocupaban, que alguna vez habían cambiado de pose, que eran movedizos, o que al menos podían existir separados el uno del otro, pero no. Al menos hasta ahora no lo hicieron...
Incluso hubiera asegurado que podían emitir sonidos porque a veces imagino sus voces en mi mente, como si las recordara, como si vinieran del pasado. Voces que coinciden con la sonrisa y los ojos de cada uno, y que me aseguro podría distinguir perfectamente entre otras miles de voces. Después me golpeo la cabeza y me digo que todo es una locura, porque lo mas seguro es que nunca haya escuchado más que mi propia voz. Sea como sea, en su silencio me acompañan mas que todas mis voces internas.
Estáticos permanecen desde el día que los reencontré, inmutables ante tanta felicidad, pero eso si, siempre sonriendo, con una sonrisa fija, detenida, congelada. Es evidente que también se alegran de volverme a ver pero de una forma extraña, latente, fría.
No tuve mas opción que aceptarlo con el paso del tiempo: Son de otra especie. Me costó entenderlo, porque siempre los imagine similares a mí, pero después de algunas décadas lo logré. Eso sí, con el tiempo descubrí que sin arrugarse envejecen como yo, pero de otra manera. Se tornan amarillos, grises, y paulatinamente pierden el color del cual eran dueños cuando los recuperé a punto de caer en el olvido, en mi olvido. Porque sí, desde el principio supe que ya los había visto antes, pero de otra forma. Tal vez eso se deba a que siempre los soñé siendo de los míos, de carne y hueso, y no con cuerpos de papel.